13/1/22

Dos en la tarde. Estampa en prosa poética


 

Os dejo esta estampa  narrada por mí misma. De  nuevo pido los comentarios en You Tube para aumentar la visibilidad de mis vídeos. Para eso habéis de verlos en el ordenador, ya que el móvil no ofrece fácilmente posibilidad de comentar. El texto completo puede leerse en la descripción del vídeo.

Esta prosa o impresión contemplativa la dedico muy especialmente a aquellos que se maravillan con los pequeños detalles de la vida; a los que se detienen a contemplar cosas insignificantes pero cargadas de significados para la mirada atenta. 

Mil gracias, queridos amigos, por el cariñoso TIEMPO que me regaláis.

Dos en la tarde




12/1/22

El principio del caos. Microrrelato

Os dejo este micro, inspirado en la iniciativa de "El tintero de oro" https://concursoeltinterodeoro.blogspot.com . Puede que sea demasiado libre, no obstante aquí va.


Más relatos participantes aquí: Participaciones



EL PRINCIPIO DEL CAOS


 La niña quedó estupefacta:

 No es que fuera una sola mujer la que iba en silla de ruedas, sino toda la sociedad se movía así. Las ruedas eran impulsadas por el pensamiento de una máquina central que los colocaba a cada uno en el lugar y momento exacto en que debían estar, materializándolos y desmaterializándolos según la voluntad del Código Sacro. Todos a la vez suspiraban; todos cerraban los ojos cuando la gran diosa hablaba a través de sus cerebros para recordarles el nacimiento del mundo y el sentido de sus vidas.

 El frío de un sueño acerado recorrió los piececillos desnudos de la niña. Un profundo murmullo de fotocopiadoras eléctricas parecía emanar de las personas. Acarició un perro  y le dio un calambrazo. A las tres en punto todos tocaban el aire con su dedo índice.   Estaban leyendo el mensaje diario de la diosa Pensamiento Perpetuo. A cambio, digerían una ración de adrenalina como sustento. Mientras tanto, bellas robotitas barrían milimétricamente las calles de sueños y rescoldos inconscientes.

 Heidi se arrodilló sobre el suelo de plástico con falso olor a césped  y, convulsionada, lloró una lágrima blanca como la nieve de sus montañas; quedó clavada allí para siempre como una extraña flor del paraíso. Después grito: ¿Dónde estás, Pichí?” y acto seguido fue detenida por las fuerzas de seguridad como un algoritmo erróneo del sistema. Sin embargo, la lágrima helada no se pudo borrar, fue imposible. Y aquél fue el principio del caos.


                                                                 ***




                            

30/12/21

Isabel y los espejos (cuento fantástico)


   Pintura: René Magritte 

                                                          

                                  Hola, amigos. ¿Cómo están de limpios vuestros espejos?

Cada mes iré poniendo algún espejo, digo relato, intercalando realistas con fantásticos. Éste estaba cogiendo polvo estelar...; (no me atreví a ponerlo antes por su longitud.)

Fotografía de la artista Franciska: Poeta y fotógrafa


Y como es de rigor, mis mejores deseos para el año, que ya está boca abajo y a punto de salir por, ejem..,  la entrepierna del Tiempo... (¿por cierto, tiene sexo el tiempo?).


Shsss... Vosotros a lo vuestro ;)


                                                                             Pintura: Andrew Ferez


                             

                                   ISABEL Y LOS ESPEJOS


—Isabel.

­­­­­­­—Qué.

—Isabel.

—¿Quién me llama?

 

De pronto, Isabel escuchaba el tic-tac del reloj. Era un tictac recién hecho, inmaculado como una pisada nítida en mitad de la nieve. Una pisada que avanzaba... hacia ella, sin prisas, segura de penetrar aquel tímpano indefenso. Tuvo que taparse los oídos. El reloj aumentaba su sonido descomunalmente. Mientras, una voz, desde el espejo en el que estaba mirándose, comenzaba a llamarla: “Isabel...” Y el espejo de enfrente también gustaba de participar…: “Lebasi...” Y la mujer, situada justo entre los dos, miraba su imagen duplicarse hasta el infinito, donde una lejanísima Isabel la contemplaba, atónita, tratando de atravesar las miles de isabeles intermedias para llegar a ella misma. Algo sucedía que ponía patas arriba su mente cuando se miraba en un espejo. Al salir de casa, cada escaparate susurraba su nombre al pasar. Su oído también estaba hipersensibilizado, y los sonidos repicaban a pleno volumen en su cabeza, dejando reverberaciones de lo más extravagantes; como aquella alarma de oca que sonaba cada vez que abría o cerraba una puerta, o el sonido de chapoteo que iban dejando sus propios pasos, o el canto del cuco que escuchaba cada vez que metía la llave por la cerradura. Tras cinco minutos, estos sonidos se iban diluyendo gradualmente en el pozo del tiempo, y todo volvía a la normalidad.

Estoy segura, pensaba la mujer, de que todo comenzó por primera vez cuando me miré en el espejo de aquella peluquería. Yo ya me había dado cuenta de que la gente que entraba allí salía con cabelleras que no eran nada naturales, con la cuarta dimensión del tiempo incluida, de modo que iban virando en segundos del pelo finísimo del bebé al blanco del anciano, transitando por las rebeldes melenas juveniles o las más comedidas de la madurez. Además poseían unos perfectos destellos de rayos en la noche más atormentada… Eran el último grito en pelambrera humana y, la verdad, no me pude resistir.

Igualmente resultaba muy extraño que bajo los focos de la peluquería, bajo aquellas tijeras y frente a ese espejo, mi rostro semejara el de una hermana gemela, parecido, pero no idéntico al mío. El peluquero me halagó por interés, y luego señaló al espejo, donde su mano y la tijera no se reflejaban en absoluto, lo cual me envió directamente a unas arenas movedizas pavorosas, en las que todavía continúo.

El pelo de Isabel salió extremadamente mejorado, con la abundancia delirante de una oveja lanar, que enseguida comenzó el recordatorio de todos sus peinados pasados y futuros. Pero desde entonces, sus nervios parecían cables pelados de pura excitación. Le comenzaron a amordazar las obsesiones de su nombre repetido en todos los espejos. E incluso dejó de tomar sopa o mirar el móvil para no ver ni un atisbo de su ser convertido en insondable llamada.

“Isabel...”, repetía aquella noche el espejo que yacía boca abajo, ocultado bajo la cama. Ya estaba harta. El chirrido de su somier, al girarse, sonó con voz de mono aullador. Saltó de un brinco y decidió dar un paseo por el jardín, lejos de toda la horrorosa murga que la perseguía. Meditaba sobre la necesidad de hallar una respuesta; una cura a su miedo. Y la encontró. Miraría “a la cara” a los espejos. La huída no le había resultado nada bien; tendría que probar un diálogo con ellos desde un directo enfrentamiento. Como era bastante miedosa, comenzó poco a poco. En primer lugar, se enfrentó al reflejo del café negro en el bar. El camarero se lo sirvió y, a escondidas, la espió, pues era muy bonita, a pesar de su rostro de suricata en alerta, mirando fijamente al hipnotizante líquido. Tras removerlo con una cucharilla, comenzó a girar como una seductora nebulosa. Luego se detuvo y  reflejó su rostro. Las llamadas volvieron…: “Isabel, escucha, tú no eres tú, vives en nosotros. Eres nuestro reflejo. Acércate aquí, a tu mundo verdadero… Isabel…”. Se sentía girar más y más…, aspirada por un remolino placentero hacia unas aguas oscuras de las que no veía límites. A pesar de ello, sin perder la calma, la joven respondió: “No. Eres tú quien vive en mí. No soy tu reflejo. ¡Tú eres el mío! Me perteneces. Por eso, cuando me mire en ti callarás como hace un buen espejo sumiso, y cuando deje de mirarte, desaparecerás de mi vida.”

 La voz se perdió para siempre hacia el fondo del vaso, y la chica se la bebió, muy serena. “A por otro”, pensó. Salió del bar y se enfrentó al escaparate de una tienda de animales. Junto a un absurdo oso de peluche y una boa aburrida que se abrazaba a sí misma, estaba ella, recién plantada, en forma de reflejo. Un caniche al pasar, tiraba de su amo, para saludar a la solitaria que hablaba consigo misma. La voz del cristal de nuevo tiraba de ella, ofreciéndole un paraíso al otro lado, donde el sufrimiento no dolía porque ella misma se convertiría en la palabra dolor, pero sin su sentido, siendo tan solo un reflejo del dolor. ¿No era maravilloso un mundo reflejado donde nada podía hacer daño? De nuevo Isabel se resistía con valor, tratando de convencer al espejo de que su lugar era el de la carne con heridas. Cada vez temía menos y menos y menos... y caminaba más alegre, creyendo haber convencido a los espejos de que era una presa inútil. Y así, al llegar a su casa, sacó el gran espejo escondido bajo la cama. Lo colocó en un sitio honorable donde reflejar a la única dueña de la realidad, y lo miró frente a frente. “Isabel… le oyó decir al espejo con voz muy bajita. Estas son mis últimas palabras. Soy tuyo, fiel a ti hasta mi muerte o la tuya.” Ella le sacó la lengua, y él a ella también a través de su réplica objetiva y perfecta. Sonrío (sonrieron), al fin era la reina indiscutible de su realidad. Ya nunca más volvió a oír voces saliendo de espejos, ni sonidos antojadizos y deformados. La fidelidad de todas sus imágenes, se mirase donde se mirase, era perfecta, salvo por el pequeño detalle de que sus ojos reflejados no eran marrones, sino rojos, con la luminosa explosión de un atardecer.

Pero es que la perfección absoluta no se encuentra... ni en los mejores espejos. 


                                                                                   ***

                                                                     Pablo Picasso: Mujer ante el espejo

4/12/21

Revuelos poéticos

 ESTA BLOGUERA HA SALIDO. 


HA SIDO INVITADA POR LA DAMA DE LA NAVIDAD PARA ACOMPAÑARLA EN SU PARTICULAR ESPIONAJE POR LAS CHIMENEAS DEL MUNDO. 

¡BUEN VIAJE A TODOS POR VUESTROS CORAZONES Y HASTA PRONTO!


            



Cuando la mirada de los barcos choca frontalmente contra el mar
y la de las flores contra el cielo, quiero saber qué se siente.




LA PRÍMULA


Al arrodillarme sobre la nieve,
vi el leve destello de un prímula.
Estaba caliente:
Tenía el aliento del sol sobre ella.

Allí permanecía inalterable, nueva,
como una juvenil estrella
ardiendo en la mansedumbre
de un prado nevado.
Había tanta vida en ella
como para crear un nuevo mundo.

Esa misma tarde
unas manos la arrancaron
y dispersaron sus pétalos,
cayendo en el aire rojo y loco
de dos enamorados.


*

SOL

El sol deja caer
lentas sonrisas de fuego
sobre los tejados.
Calienta las hojas muertas y las vivas,
dibuja niños jugando en las plazas de la vida.

El sol,
de pie,
sobre mi alma,
desprende lotos de mi mente,
y me agarra dulcemente
como a su pequeña aprendiz de estrella.

Ser estrella es un largo camino,
pero el sol huele a luz,
a vainillas y a limones,
huele, huele y huele...
y sigue oliendo también por las sombras
del universo.

*


NIÑOS

Los niños han hecho un corro alrededor de la luna;
refulgen canciones de estaño en sus bocas.

Los niños saltan sobre el universo,
planetas van y vienen entre sus manos nuevas;
y se desparraman mares de risa y quásares tuertos
 y cometas de colores...
por los confines del serio y enorme tiempo.



*


Cuando los relámpagos miran a los hombres un instante
 ¿qué sienten?


13/11/21

Breve estampa de la Inestabilidad

La inestabilidad es la norma, es casi ley en el universo. Pero ella busca lo estable, el equilibrio, y cosquillea nuestro interior, y nos fustiga, hasta encontrarlo. 

Hasta pronto, amigos


Fotografía: Tommy Ingberg. 



                            

              ESTAMPA DE LA INESTABILIDAD     


   Polvo en mi cara. Sudor que escuece.

A lo lejos me atrapa el rebuzno ocre de un burro.

Se detiene, se frena hasta raspar el aire que respiro.

Duele. Me hace perder el equilibrio.

 

El cielo muge en gris.

Está desconcertado como un pájaro que calló del nido.

Respiro hondo este silencio de perros dormidos.

Es cierto:

a veces me siento oruga con las patas en alto,

   tanteando el vacío.


                                      
                                          *



Matar al monstruo

 


 Para el reto de mónica, donde podréis leer a los demás participantes: Neogémenis





MATAR AL MONSTRUO

 

En su dibujo había una palmera sin hojas. En el tronco, un monstruo yacía clavado, goteando en la arena pequeñas gotitas rojas de maldad. Ése era su dibujo y la explicación que ella daba. Un gran sol sonreía en lo alto. Una sirena flotaba sobre el mar con una varita mágica.

  Algo tan simple... Si pudiera hacerlo..., se decía.

  Todo el día lo pasó limpiándose las manos, las piernecillas, la cara, la falda. Se sentía muy sucia. Lloraba todo el tiempo. A nadie podía contar su secreto. Y pronto aparecería el monstruo, rompiendo una a una sus pestañas de inocencia; dejando espinas en sus mejillas silvestres, quebrando el paisaje pulido de su alma.

  Si pudiera hacerlo... Pero, con el tiempo, se encerró en una inmensa cebolla, con mil capas, que cubrió su dolor y selló con acre olor sus recuerdos. Creció. Dicen que se hizo una bella mujer.

  Cuando su marido quiso amarla vio la llaga en su corazón. La besó; la cubrió de esplendorosas hojas de helecho; la cosió con oleajes de ternura; la embalsamó con mieles de almendro. Pero ella no pudo soportar tanta dicha, y mató aquel amor.

  Su vida era imposible de sostener. Había sido casi devorada por el monstruo: no quedaba nada para ella.

  Amaneció aquella mañana sobre el acantilado. A sus pies, el oleaje rojizo la llamaba con los mismos dientes de la fiera... Sería suya... se rendiría a él. Recordó su dibujo de infancia, sus pensamientos: ¡Oh, si pudiera matarlo sin matarse...!

  Un olor a pescando rancio la envolvió. Moscas rojas le cegaban la visión. Sintió angustia. Luego pena. Luego lloró de compasión hacia sí misma y hacia el monstruo. Lo veía retorcerse en su negrura anfibia y resbalosa, en su propia destrucción de vidrios infernales. Hacía años que vivía en la cárcel. Decidió dejar el acantilado e ir a verle. Con valentía...: lo mataría de verdad. 

  Lo miró a través del cristal de la prisión. Parecía tan insignificante pidiéndole perdón, casi compulsivamente. Podría aplastarlo con un dedo: todo suave, todo blando, insignificante, quebradizo como papel al fuego; lo encaró como el que desafía a la misma infamia. Y entonces vio asomar los escondidos dedos del hombre bajo la larga manga: estaban temblando mientras pronunciaba la palabra perdón...  Temblaban como ella había temblado en sus noches de insomnio. 

  La mirada de la chica atravesó el cristal, al hombre, los muros, la tierra... y se encontró en el dulce vacío de una estrella nueva.  Su odio cayó haciendo un charco de cristales rojos a sus pies. El perdón subía a sus manos, a sus labios, a su pupila en expansión…. Y ahora volaba lejos de ella como una mariposa que acabara de salir de su capullo. Pero la arrastraba. Se vio empujada por los aires de un espacio nuevo, como si de pronto no pesara, como si de pronto fuera otra con alas de mariposa: Era, sencillamente, libre.

31/10/21

Adda. Relato breve

 


Pintura de Nicoletta Tomas 


ADDA


Adda no tenía que fingir. La vieron llegar del camino del sur, fatigada, con su vestido raído de color verde y su pelo flotando como una maraña de nubes.

Nadie le preguntó dónde había estado. Ya conocían sus ausencias. Y también sabían del vacío de su boca. Sus pasos, sus movimientos, también eran mudos.

Aquel ser merodeaba por el pueblo, entre los demás, rozando apenas la vida, sin dejar impresión clara a su alrededor; como una sombra a la que súbitamente se le descubrieran dos ojos.

Más que un animal, menos que un ser humano. Sólo un poco más que la noche. Todos pensaban que su persona no podía haberse engendrado de la unión de la carne, sino de la de los granos de arena.

¿Qué le dejó sin voz? Era un enigma. Algunos cuentan cómo a los cuatro años contempló el degüello de un cordero y que por ello cerró los labios. Es posible que ante aquella cabeza atenazada por dedos de acero, ante el golpe rápido que hizo manar la sumisión roja del cuello, o ante la muerte manejada como un montón de cebada, sí, es posible que la niña se escondiera de por vida. Es probable, sí, que huyera sin voz del olor cetrino de aquellas paredes sin cal, amarillentas, tristes como el sudor, la rutina y la sangre derramada.

Pasó el resto de sus días ausente, perdida y sin rumbo. Hasta el día del huracán.

Dicen que junto al pozo, anclada a un barrote de hierro, Adda volaba.

La arena formaba un torbellino gigantesco, ansioso por devorar las casas, nervioso y aullante. La ira se empecinó contra aquel pueblo, escupiendo millones de dardos de arena que se fueron clavando en las lágrimas de todos.

Cuentan que Adda, aferrada a aquel pozo, reía por primera vez.  Con una risa que no sonó, pero resultó más violenta que el mismo ciclón. Y es entonces cuando todo acabó; se detuvo el viento y la tierra volvió a su sitio. Y los gritos de los niños pudieron detenerse.

Cuando vieron el cuerpo inerte de Adda, fueron a mirar su cara: seguía sonriendo, con una sonrisa similar a la caída triunfal de las grandes cataratas.

Y nadie logra entender cómo el huracán se sometió ante aquella frágil vida.

Desde entonces, vientos de leyenda aúllan desde su pequeña tumba.