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28/6/26

El corazón de poeta

 

                                                  EL CORAZÓN DE POETA




"Su cuerpo fue bebido como un néctar de hibiscos a pleno sol, por dos labios secos como dunas.

Él resbaló por su corazón abierto, estremecido, y besó cada uno de sus latidos en flor.

El héroe se rindió ante la walquiria, y puso girasoles de fuego a sus pies.

Mientras se abrazaron, retazos de niebla copulaban con el sol y una polilla sobre un árbol se tiñó de oro."

Abre la ventana. El moscardón atrapado sale al fin. El joven está tan solo como un tren abandonado en Venus; un suspiro se le escapa hacia las esquinas de un silencio al cuadrado. Coge un cigarrillo. Expele una voluta que quiere ser mujer. Abajo, en la calle chirrían unos frenos. Sale alguien del coche. El poeta se acerca a la ventana, ve una muchacha cruzar el asfalto con el poderío silencioso de los gatos en los pies, y sueña en voz baja: "Pudiera ser Ella; pudiera oler a lilas..." Y toma un apunte:

"Los amantes serán descubiertos por la tormenta riendo bajo las sábanas grises del cielo..."

El poeta está sólo con su imaginación creando más y más volutas suaves como senos de náyades.

De pronto, llaman a la puerta. El poeta abre y contempla asombrado. Traduce para sí:  Dama amaneciendo, música de flautas en la piel; ojos de azul hipnótico con acabados de gata siamesa. ¡Y huele a lilas recién abiertas... !

Descubre largas lianas cobrizas cayendo por su escote, cabellos que algún día podrían retozar plumosamente por su propio pecho de poeta.

Su líquida voz al presentarse es puro jugo de grosellas.

Pero cuando él le responde el tiempo se detiene.

Entre las letras “P” y la “R” de “pase, por favor”, el poeta se ha quemado con el cigarrillo que tenía entre los dedos sin notar absolutamente nada. Sus párpados, muy lentamente, se levantan al máximo, como dos cortinillas rosas, dejando ver los redondos planetas extasiados de sus globos oculares. Están dando cinco veces la vuelta al rostro de la chica descubriendo un lunar bajo su oreja del que ha compuesto toda una oda a los lunares olvidados; también ha sido testigo de una deliciosa comisura izquierda que conducía, a través de la boca seductora y la garganta acariciada por una cadenita de plata, a un corazón ardiente pero roto y lleno de costuras mal cosidas. 

A la vez, mientras sus ojos bajan por el pecho, otros ojos, quizá los del alma, contemplan sus ojos femeninos, con los que ha dado la vuelta a todo África en su memoria sin encontrar ningunos otros similares, salvo en una gueparda maullando por su cachorro enfermo que descubrió de niño en un libro de animales. Seguían los minutos por el techo, haciendo piruetas con las moscas del vacío, sin acordarse para nada de su trabajo, y así, casi en  pura levitación mística, nuestro poeta ha podido sopesar aquellas manos extrañamente gordezuelas en contraste con la esbelta figura de gata, y le ha parecido que amasaban muchos panes para un padre ausente. Ya casi desmayado por la fuerza atronadora de aquella figura en el dintel y su perfume embriagador de lilas desechas tras la tormenta, el joven poeta despierta. En la calle está sonando rabiosa una alarma: caen a plomo los minutos del techo. Y el tiempo vuelve a machacar su piano habitual. 

Hablan mucho, mucho, durante varias horas y a ritmo de jazz, sin entender nada el uno del otro.

Se cierra la puerta. El poeta vuelve a estar solo como un monolito en el océano. Pero le ha pedido su número de teléfono. Mira el papel garabateado por aquellos dedos como sombras de junco en abril; todavía huele a musa. Suspira (éste el suspiro número cuarenta y dos).

Ella sale satisfecha. Suspira también: al fin ha podido deshacerse del extravagante ése. Cómo le olía el aliento, piensa. Pero esa tarde fue muy fructífera para la vendedora de Vaporetas "Victoriosa". Su primer día y ya había conseguido cubrir el objetivo de una semana con aquel cliente que parecía haberle caído directamente de la luna.

El poeta soñará muchos días con ese teléfono apuntado a toda prisa. Lo estrujará en su pecho, lo besará, lo tirará a la calle y volverá a por él... hasta que comprenda que ella no contestará jamás a un número falso.

Nada está perdido. Un suma y sigue en su frágil corazón. Pero en éste cabe el océano con todos sus peces y anémonas; la vastedad de los desiertos ingratos con sus tormentas de arena en los ojos; tornados girando llenos de casas y bosques... Pero sobre todo cabe esa chica gigantesca, aún sin conocer, a la que le gusta pasear por la orilla del mar, dejando huellas de asombro

 La que saluda a las gaviotas y lee los versos en el agua. 

Esa mujer soñada que mientras se recoge la falda para que no le mojen las olas con su adiós llorón... canta...:

                    ”Y así me gusta a mí que sea, que tenga el corazón de poeta”.  



***



3/4/25

LAS FIGURAS DE GABRIEL. Relato fantástico






Este mes El tintero de oro nos propone escribir sobre un tema fantástico. Sólo eso, libre en todo lo demás, pero con un acertijo incluido. 

Irresistible.

Aquí podéis leer más participaciones: Concurso de relatos 46ª Ed. Momo de Michael Ende.


 Fotografía: Welcome - LXN Photography | Lianna Xiaokui Nakashima

"El poder de la imaginación nos hace infinitos"
                                                            J. Muir



LAS FIGURAS DE GABRIEL 

                                                    

 Le llamaron Gabriel porque al nacer mostraba un rostro sereno e inmaculado como un ángel. No lloró. Muy serio, miró a los presentes largamente, con sus recién nacidos ojos completamente ciegos. Las lágrimas torrenciales de la madre surcaron sus rosadas mejillas, dejando en ellas zigzags de melancolía que jamás se borrarían. Más tarde, las caricias maternas  colocarían en aquella piel una danza suave de amor, que iría posándose por los rincones de su memoria como nieve de primavera.

  Gabriel, a pesar de su ceguera, tenía un instinto natural para el movimiento. Su andar no era humano, era el deslizarse de un cisne por el agua. Todo en él era armonía. Había nacido para dibujar con su cuerpo las más bellas melodías del mundo. Por eso, el pequeño, de modo natural, comenzó a bailar hasta con el tiempo, ágil como un antílope y terso como una ola. Coreógrafo de lo imposible, inventaba cada paso; su danza era única en innovación. Llegaba a darle forma, con su cuerpo en movimiento, al canto del mirlo, a la mirada fija de un gato, al choque de dos asteroides o al trajín de una playa saturada de bañistas: toda la vida podía penetrar su cuerpo hasta transformarse en danza: se estilizaba, se esculpía, se retorcía o jadeaba con él.

 El chico fue creciendo imaginándolo todo a través del tacto y el oído. Dotaba de forma y color a todo lo que su cerebro iba interpretando. Poseía una visión interna asombrosa, de la que nadie adivinaba su origen.

 Para demostrar las construcciones que hacía su mente, una vez dibujó a su perro tal como él lo sentía: en el folio apareció la forma exacta de un can, pero sus patas eran estrellas y galaxias sus ojos.

 Los médicos dedujeron que su invidencia era insólita, milagrosa; pues, careciendo de retina, lograba ver la realidad, aunque fuera deformada. En otra ocasión ilustró una rosa: sus pétalos eran alas de abeja replegadas en espiral, y en lugar de espinas tenía pequeños escalones en los que descansaban diminutos seres ciclópeos. Los insectos, que a casi todos repugnan, los veía infinitamente más bellos; les pintaba pequeñas pirámides en la espalda aduciendo que transportaban la música de las flores.

 Sin embargo, a algunas personas las mostraba horrendas, dotadas de colmillos peludos en su garganta y nuca, o embudos en lugar de bocas. A pesar de los rumores acerca de su equilibrio mental, podía desenvolverse con normalidad, incluso trabajar en una compañía como bailarín.

 Gabriel aprendió a habitar en la memoria de quienes lo contemplaban. Su baile era inolvidable, aplaudido en el mundo entero. Pero el joven no era feliz. Hacía meses que una visión se interponía en todo lo que percibía. Se trataba de la imagen de una pareja de bailarines, gigantesca, arrolladora. La mujer era tan hermosa que le turbaba, y su pesar se enamoró obsesivamente. En el hombre, siempre de espaldas, había misterio. Ambos estaban detenidos, suspendidos en la nada.... Un viejo acertijo que nunca descifró le llegaba absurdamente a la mente: 

"¿Qué será será, que aunque nos movamos siempre nos quedamos en el mismo lugar?"*

  La imagen inmóvil e inmensa, de unos 100 metros de altura, insistía en volver al interior de sus ojos ciegos, tal como un faro que girara su luz rítmicamente para encontrarle.

 Hasta que conoció a la bailarina; la compañera que le habían asignado en su próximo ballet: “La leyenda del beso”.

 Era idéntica. Aunque jamás la pudiera ver, la habría dibujado igual que la gigantesca dama. Escuchar el sonido de su voz, puro como las primeras gotas de un glaciar en el deshielo, terminó de corroborar su hallazgo. Gabriel hacía arabescos con el aire, lo reventaba de alegría: la amaba.

 Cuando ambos interpretaron el baile, solos, por primera vez en la sala de ensayos, tuvo que detenerse. En ese mismo instante percibió las inmensas figuras interponiéndose en su realidad. Entonces, inesperadamente, se encontró embutido en el gigantesco hombre, mirando fijamente a la gran mujer, hipnotizado de encanto. Besó con aquellos nuevos labios los de ella.

 Y el placer fue igual de grande que su dimensión. Casi se desmaya. Se sentía crecer, explosionar, romper sus límites, los techos, las paredes... Pero la bailarina también experimentaba la misma felicidad, súbitamente inmersa en aquel cuerpo enorme de mujer. Contemplaba muy abajo, maravillada, los cuerpecillos de ambos besándose en la sala de ensayos.

 La sensación de los bailarines de hacerse más y más grandes a partir de aquel beso, producía un vértigo maravilloso, porque al igual que crecían ellos crecía el amor que sentían.

 Las grandes figuras de la mente de Gabriel, antes siempre detenidas en el tiempo, se acababan de poner en marcha. Se movían, bailaban gozosas… en las dos versiones a la vez, la grande y la humana.

 Cuando terminaron el baile, emergió por la sala el eco de una poderosa cascada; mientras, los dobles gigantes se deshacían y ellos volvían a su tamaño normal. Se soltaron. Se miraron, cómplices. Se rieron.

 El silencio se llenó de burbujas azules. 

 Bailaron de nuevo, esta vez notando sus límites de carne como un placentero regalo. Enseguida supieron que llevaban bailando juntos mucho tiempo, quizá siglos, pues su danza conjunta era el resultado de un aprendizaje perfecto. Los movimientos espontáneos de ambos fluían como un río poderoso, sin resistencia. No sentían los pies. Se deslizaban en una danza sublime, y hasta el aire bailaba en sus pulmones para celebrarlo.


                                                                  ***

* El baile                                 






23/11/23

La escribidora de cartas. Relato de amor

 



                Tarjeta diseñada con cariño por Mónica  Neogéminis, gran escritora y creadora de puentes que unen.

                        

                   

                       ME DESPIDO POR UN TIEMPO DE DESCANSO

                      (UN ABRAZO JUNTO A MIS AMIGOS JUEVEROS)



https://www.abebooks.com/paper-collectibles/Lettres-Autographes-Sign%C3%A9es-Andr%C3%A9-M%C3%A9tayer-Yvonne/16415345970/bd



No había día que no tuviera su carta terminada. Con sus dedos temblorosos la cerraba cuidosamente siguiendo un ritual único para ella. Ponía sus labios sagradamente sobre el sobre y estampaba un beso grácil como una libélula. Entonces me miraba, con un destello de luna feliz en los ojos, y me la daba para que la llevase al buzón más cercano. Yo la sonreía una vez más, y al salir guardaba la carta en mi bolsillo, sin intención de moverla de allí. Aquél a quien iba dirigida había muerto quince años atrás:

  "Su marido es uno de los desaparecidos en combate". Eso fue lo que nos dijeron en la embajada el mismo día en que un hacha partía en dos la mente de mi madre y mi futuro.

 Ella era y es, posiblemente, la cabeza más brillante de su generación: doctorada en matemáticas, elucubra ecuaciones sobre la gravedad. Cincuenta años, voluntariosa, apasionada, entregada a los números, medio inválida pero brillante como Sirio. Realiza conferencias desde casa acerca de la teoría del caos y variadas “bagatelas astrofísicas”, como ella dice.  Sin embargo, padece una extraña locura, una grieta en su cerebro maravilloso la hace vivir detenida en el día anterior a que nos dieran la horrible noticia. Desde entonces, han pasado quince largos años… Pero para mi madre, él acaba de partir y ella es todavía una jovencita con un bebé en su vientre.  Y lo está esperando… Lo espera desde aquel momento, borrado para todos menos para su corazón. El tiempo es una ilusión existente sólo en la mente humana, me dice muchas veces. Y no hay quien la convenza en ese punto. Su marido sigue vivo, y, por supuesto, espera ansioso sus cartas. La realidad es muy seria y tiene infinitas vías paralelas, afirma riendo y con una nueva misiva para darme. Cada día es así; cada día le escribe, y le cuenta… y desahoga todo su amor contenido. Yo me declaro incapaz de contradecirla: no sé si se engaña para sobrevivir o realmente lo cree.

No lo sabe, pero en mi habitación hay una pila enorme de cartas suyas. Al principio me daba pudor leerlas; pero un día la curiosidad me venció y abrí varias. Desde entonces, he leído muchas. En cierto modo, me hace ilusión entrar en su mundo y salir del mío; creerme su fantasía. Me nutren. Es como si ella abriera una puerta tierna y esperanzada que yo jamás podría abrir. Si soy sincero, no quiero que salga nunca de su locura parcial. La amo así.

Ésta es una de sus 4310 cartas. Sólo un ejemplo de cómo era y de su enorme amor por mi padre:

  

“Valencia, 15 de Mayo del 1972

 

 Hola, soldado mío, embrujador de distancias; sin masa que yo pueda estrujar, me pesas aquí dentro como un agujero negro… Abejorro negro, mejor dicho…: ¡ya no libas de las incógnitas juguetonas de mis labios!

¿Por qué tardas tanto?

Tengo que decirte que hoy me han lastimado. Y no es la primera vez. Alguien me ha dicho que no existes. Majadero...

Sí, me ha herido... Porque ¿quiénes son ellos para decir lo que es y lo que no?

Te difuminas, amor, creo volverme loca… Alguien o algo te está alejando de mi lado.

Pero lucharemos.

Tuya siempre, tanto que dejo de ser mía.

Te pongo el logaritmo que anuncia los reencuentros y beso la carta con mis labios en posición de infinito:

  log10 100 = 2 (recuérdalo)

 

Malena”

 

Y aquí dejo otra más lírica en que parecía intuir la realidad que todos ignorábamos:

 “Valencia, 9 de septiembre del 1980

 Te fuiste tan lejos, amor... 

Mis lágrimas rodaron, buscándote, a través de estepas, valles de gritos, autopistas locas. Árboles, árboles abrazados se quemaban en mi mente. Corrí por encima de cabezas anónimas, pero no vieron arrasarse la ciudad bajo mi llanto.

La tristeza sigue agujereando tumbas entre mis jacintos muertos. Orificios sin fondo que voy llenando con tus recuerdos.

Si supieras cómo se disipa mi calor de mujer, de ser humano... Esto es lo que tengo ahora: un río helado engullendo mis pálidos ojos. Miedo. Frío.

A pesar de todo, te espero; nunca pierdo la esperanza, cariño de mi ser. Enciendo una vela cada noche y la soplo suavemente, sin llegar a apagarla. Ella vibra, zigzagueando con mi aliento. Y me figuro que es tu sonrisa bailarina. Con ella duermo. Con ella vivo. Ni toda el agua que me aplasta puede apagarla aquí dentro.

 Te ama hasta el límite,

Malena”

 

 

                                                    *

 

 

Hace pocos días vi a mi madre alterada. Le temblaban las manos cuando me dijo con expresión desesperada que ya había esperado demasiado. Estaba agotada y creo que presentía su muerte. Me suplicó durante horas, como si yo tuviera algún poder, que la llevara junto a mi padre; que moviera mares y montañas para buscarlo en Rusia, antes de su final. Le contesté que era imposible porque llevaba muerto quince años. Se quedó callada; su rostro se paralizó en una mueca de agonía, como si hubiera recibido un impacto de bala a través de mis palabras. Se levantó después muy despacio y se fue hacia su escritorio.  Yo la dejé sola. Estuvo toda la tarde escribiendo y rompiendo papeles que desperdigaba por el suelo…. Me encontraba tan turbado, dolido, confundido por ella…  Pero no podía hacer absolutamente nada.

 Aquella misma noche murió. En su mano agarraba con fuerza una última carta. Decía así:

 “Querido… ¿Dios? o lo que sea que hay tras el telón y estas máscaras de cera…:

La vida es una incógnita que yo no he conseguido descifrar.

Pero te suplico que me escuches: dondequiera que esté él. Dile que venga a buscarme. ¡Tú puedes hacer que las paralelas se crucen!

Por favor, envíale mi voz. Haz que le llegue, ¡Grito su nombre! ¡Su nombre!”

 Lo más extraño de todo…, (ahora, ya puedo contarlo, escupir la absurda incógnita de la ecuación, al fin...) es que mi padre no había muerto. Apareció de golpe, en el umbral de nuestra casa,  sólo dos meses después de la muerte de mi madre. Estuvo condenado en un campo de concentración ruso todos esos años, hasta que al fin, cuando cambiaron las circunstancias políticas, pudo ser repatriado. El mensaje del embajador español fue erróneo, no sabemos por qué. Durante su cautiverio, como el resto de presos españoles, fue privado de comunicación con su familia.

Ya tarde se encontró con ella... sobre su lápida. Las paralelas no pudieron cruzarse, pensé después de conocer a mi padre.

Le entregué la gran caja de cartas que abrió asombrado con sus raquíticas manos. Lo abracé casi como si no fuera de este mundo… Para mí era un extraño que sólo conocía a través del amor de mi madre. A pesar de su notable debilidad me abrazó con una fuerza tremenda.

Lo dejé sólo junto al cajón de cartas. Debía hacerlo…

Lo miré por última vez, de espaldas a mí, arrodillado, temblando. Azotado por una intensa emoción, sacaba con frenesí una tras otras las miles de cartas que iban cayendo a su alrededor como blanda nieve amarilla. Antes de salir de mi casa escuche su ahogado pero profundo lamento. 

Jamás podré olvidarlo.


***