23/11/23

La escribidora de cartas. Relato de amor

 



                Tarjeta diseñada con cariño por Mónica  Neogéminis, gran escritora y creadora de puentes que unen.

                        

                   

                       ME DESPIDO POR UN TIEMPO DE DESCANSO

                      (UN ABRAZO JUNTO A MIS AMIGOS JUEVEROS)



https://www.abebooks.com/paper-collectibles/Lettres-Autographes-Sign%C3%A9es-Andr%C3%A9-M%C3%A9tayer-Yvonne/16415345970/bd



No había día que no tuviera su carta terminada. Con sus dedos temblorosos la cerraba cuidosamente siguiendo un ritual único para ella. Ponía sus labios sagradamente sobre el sobre y estampaba un beso grácil como una libélula. Entonces me miraba, con un destello de luna feliz en los ojos, y me la daba para que la llevase al buzón más cercano. Yo la sonreía una vez más, y al salir guardaba la carta en mi bolsillo, sin intención de moverla de allí. Aquél a quien iba dirigida había muerto quince años atrás:

  "Su marido es uno de los desaparecidos en combate". Eso fue lo que nos dijeron en la embajada el mismo día en que un hacha partía en dos la mente de mi madre y mi futuro.

 Ella era y es, posiblemente, la cabeza más brillante de su generación: doctorada en matemáticas, elucubra ecuaciones sobre la gravedad. Cincuenta años, voluntariosa, apasionada, entregada a los números, medio inválida pero brillante como Sirio. Realiza conferencias desde casa acerca de la teoría del caos y variadas “bagatelas astrofísicas”, como ella dice.  Sin embargo, padece una extraña locura, una grieta en su cerebro maravilloso la hace vivir detenida en el día anterior a que nos dieran la horrible noticia. Desde entonces, han pasado quince largos años… Pero para mi madre, él acaba de partir y ella es todavía una jovencita con un bebé en su vientre.  Y lo está esperando… Lo espera desde aquel momento, borrado para todos menos para su corazón. El tiempo es una ilusión existente sólo en la mente humana, me dice muchas veces. Y no hay quien la convenza en ese punto. Su marido sigue vivo, y, por supuesto, espera ansioso sus cartas. La realidad es muy seria y tiene infinitas vías paralelas, afirma riendo y con una nueva misiva para darme. Cada día es así; cada día le escribe, y le cuenta… y desahoga todo su amor contenido. Yo me declaro incapaz de contradecirla: no sé si se engaña para sobrevivir o realmente lo cree.

No lo sabe, pero en mi habitación hay una pila enorme de cartas suyas. Al principio me daba pudor leerlas; pero un día la curiosidad me venció y abrí varias. Desde entonces, he leído muchas. En cierto modo, me hace ilusión entrar en su mundo y salir del mío; creerme su fantasía. Me nutren. Es como si ella abriera una puerta tierna y esperanzada que yo jamás podría abrir. Si soy sincero, no quiero que salga nunca de su locura parcial. La amo así.

Ésta es una de sus 4310 cartas. Sólo un ejemplo de cómo era y de su enorme amor por mi padre:

  

“Valencia, 15 de Mayo del 1972

 

 Hola, soldado mío, embrujador de distancias; sin masa que yo pueda estrujar, me pesas aquí dentro como un agujero negro… Abejorro negro, mejor dicho…: ¡ya no libas de las incógnitas juguetonas de mis labios!

¿Por qué tardas tanto?

Tengo que decirte que hoy me han lastimado. Y no es la primera vez. Alguien me ha dicho que no existes. Majadero...

Sí, me ha herido... Porque ¿quiénes son ellos para decir lo que es y lo que no?

Te difuminas, amor, creo volverme loca… Alguien o algo te está alejando de mi lado.

Pero lucharemos.

Tuya siempre, tanto que dejo de ser mía.

Te pongo el logaritmo que anuncia los reencuentros y beso la carta con mis labios en posición de infinito:

  log10 100 = 2 (recuérdalo)

 

Malena”

 

Y aquí dejo otra más lírica en que parecía intuir la realidad que todos ignorábamos:

 “Valencia, 9 de septiembre del 1980

 Te fuiste tan lejos, amor... 

Mis lágrimas rodaron, buscándote, a través de estepas, valles de gritos, autopistas locas. Árboles, árboles abrazados se quemaban en mi mente. Corrí por encima de cabezas anónimas, pero no vieron arrasarse la ciudad bajo mi llanto.

La tristeza sigue agujereando tumbas entre mis jacintos muertos. Orificios sin fondo que voy llenando con tus recuerdos.

Si supieras cómo se disipa mi calor de mujer, de ser humano... Esto es lo que tengo ahora: un río helado engullendo mis pálidos ojos. Miedo. Frío.

A pesar de todo, te espero; nunca pierdo la esperanza, cariño de mi ser. Enciendo una vela cada noche y la soplo suavemente, sin llegar a apagarla. Ella vibra, zigzagueando con mi aliento. Y me figuro que es tu sonrisa bailarina. Con ella duermo. Con ella vivo. Ni toda el agua que me aplasta puede apagarla aquí dentro.

 Te ama hasta el límite,

Malena”

 

 

                                                    *

 

 

Hace pocos días vi a mi madre alterada. Le temblaban las manos cuando me dijo con expresión desesperada que ya había esperado demasiado. Estaba agotada y creo que presentía su muerte. Me suplicó durante horas, como si yo tuviera algún poder, que la llevara junto a mi padre; que moviera mares y montañas para buscarlo en Rusia, antes de su final. Le contesté que era imposible porque llevaba muerto quince años. Se quedó callada; su rostro se paralizó en una mueca de agonía, como si hubiera recibido un impacto de bala a través de mis palabras. Se levantó después muy despacio y se fue hacia su escritorio.  Yo la dejé sola. Estuvo toda la tarde escribiendo y rompiendo papeles que desperdigaba por el suelo…. Me encontraba tan turbado, dolido, confundido por ella…  Pero no podía hacer absolutamente nada.

 Aquella misma noche murió. En su mano agarraba con fuerza una última carta. Decía así:

 “Querido… ¿Dios? o lo que sea que hay tras el telón y estas máscaras de cera…:

La vida es una incógnita que yo no he conseguido descifrar.

Pero te suplico que me escuches: dondequiera que esté él. Dile que venga a buscarme. ¡Tú puedes hacer que las paralelas se crucen!

Por favor, envíale mi voz. Haz que le llegue, ¡Grito su nombre! ¡Su nombre!”

 Lo más extraño de todo…, (ahora, ya puedo contarlo, escupir la absurda incógnita de la ecuación, al fin...) es que mi padre no había muerto. Apareció de golpe, en el umbral de nuestra casa,  sólo dos meses después de la muerte de mi madre. Estuvo condenado en un campo de concentración ruso todos esos años, hasta que al fin, cuando cambiaron las circunstancias políticas, pudo ser repatriado. El mensaje del embajador español fue erróneo, no sabemos por qué. Durante su cautiverio, como el resto de presos españoles, fue privado de comunicación con su familia.

Ya tarde se encontró con ella... sobre su lápida. Las paralelas no pudieron cruzarse, pensé después de conocer a mi padre.

Le entregué la gran caja de cartas que abrió asombrado con sus raquíticas manos. Lo abracé casi como si no fuera de este mundo… Para mí era un extraño que sólo conocía a través del amor de mi madre. A pesar de su notable debilidad me abrazó con una fuerza tremenda.

Lo dejé sólo junto al cajón de cartas. Debía hacerlo…

Lo miré por última vez, de espaldas a mí, arrodillado, temblando. Azotado por una intensa emoción, sacaba con frenesí una tras otras las miles de cartas que iban cayendo a su alrededor como blanda nieve amarilla. Antes de salir de mi casa escuche su ahogado pero profundo lamento. 

Jamás podré olvidarlo.


***