"Su
cuerpo fue bebido como un néctar de hibiscos a pleno sol, por dos labios secos
como dunas.
Él
resbaló por su corazón abierto, estremecido, y besó cada uno de sus latidos en
flor.
El
héroe se rindió ante la walquiria, y puso girasoles de fuego a sus pies.
Mientras
se abrazaron, retazos de niebla copulaban con el sol y una polilla sobre un
árbol se tiñó de oro."
Abre
la ventana. El moscardón atrapado sale al fin. El joven está tan solo como un
tren abandonado en Venus; un suspiro se le escapa hacia las esquinas de un silencio
al cuadrado. Coge un cigarrillo. Expele una voluta que quiere ser mujer. Abajo,
en la calle chirrían unos frenos. Sale alguien del coche. El poeta se acerca a
la ventana, ve una muchacha cruzar el asfalto con el poderío silencioso de los
gatos en los pies, y sueña en voz baja: "Pudiera ser Ella; pudiera oler a
lilas..." Y toma un apunte:
"Los
amantes serán descubiertos por la tormenta riendo bajo las sábanas grises del cielo..."
El
poeta está sólo con su imaginación creando más y más volutas suaves como senos
de náyades.
De
pronto, llaman a la puerta. El poeta abre y contempla asombrado. Traduce para
sí: Dama amaneciendo, música de flautas
en la piel; ojos de azul hipnótico con acabados de gata siamesa. ¡Y huele a
lilas recién abiertas... !
Descubre
largas lianas cobrizas cayendo por su escote, cabellos que algún día podrían
retozar plumosamente por su propio pecho de poeta.
Su
líquida voz al presentarse es puro jugo de grosellas.
Pero cuando
él le responde el tiempo se detiene.
Entre las letras “P” y la “R” de “pase, por favor”, el poeta se ha quemado con el cigarrillo que tenía entre los dedos sin notar absolutamente nada. Sus párpados, muy lentamente, se levantan al máximo, como dos cortinillas rosas, dejando ver los redondos planetas extasiados de sus globos oculares. Están dando cinco veces la vuelta al rostro de la chica descubriendo un lunar bajo su oreja del que ha compuesto toda una oda a los lunares olvidados; también ha sido testigo de una deliciosa comisura izquierda que conducía, a través de la boca seductora y la garganta acariciada por una cadenita de plata, a un corazón ardiente pero roto y lleno de costuras mal cosidas.
A la vez, mientras sus ojos bajan por el pecho, otros ojos, quizá los del alma, contemplan sus ojos femeninos, con los que ha dado la vuelta a todo África en su memoria sin encontrar ningunos otros similares, salvo en una gueparda maullando por su cachorro enfermo que descubrió de niño en un libro de animales. Seguían los minutos por el techo, haciendo piruetas con las moscas del vacío, sin acordarse para nada de su trabajo, y así, casi en pura levitación mística, nuestro poeta ha podido sopesar aquellas manos extrañamente gordezuelas en contraste con la esbelta figura de gata, y le ha parecido que amasaban muchos panes para un padre ausente. Ya casi desmayado por la fuerza atronadora de aquella figura en el dintel y su perfume embriagador de lilas desechas tras la tormenta, el joven poeta despierta. En la calle está sonando rabiosa una alarma: caen a plomo los minutos del techo. Y el tiempo vuelve a machacar su piano habitual.
Hablan mucho, mucho, durante varias horas y a ritmo de jazz, sin entender nada el uno del otro.
Se cierra la puerta. El poeta vuelve a estar solo como un monolito en el océano. Pero le ha pedido su número de teléfono. Mira el papel garabateado por aquellos dedos como sombras de junco en abril; todavía huele a musa. Suspira (éste el suspiro número cuarenta y dos).
Ella
sale satisfecha. Suspira también: al fin ha podido deshacerse del extravagante ése. Cómo le olía el aliento, piensa. Pero esa tarde
fue muy fructífera para la vendedora de Vaporetas "Victoriosa". Su primer día y ya había conseguido cubrir
el objetivo de una semana con aquel cliente que parecía haberle caído directamente
de la luna.
El
poeta soñará muchos días con ese teléfono apuntado a toda prisa. Lo estrujará en su pecho, lo besará, lo
tirará a la calle y volverá a por él... hasta que comprenda que ella no
contestará jamás a un número falso.
Nada está perdido. Un suma y sigue en su frágil corazón. Pero en éste cabe el océano con todos sus peces y anémonas; la vastedad de los desiertos ingratos con sus tormentas de arena en los ojos; tornados girando llenos de casas y bosques... Pero sobre todo cabe esa chica gigantesca, aún sin conocer, a la que le gusta pasear por la orilla del mar, dejando huellas de asombro
La que saluda a las gaviotas y lee los versos en el agua.
Esa mujer soñada que mientras se recoge la falda para que no le mojen las olas con su adiós llorón... canta...:
”Y así me
gusta a mí que sea, que tenga el corazón de poeta”.
***