28/6/26

Hija de la noche

 

                                                                              Imagen de Pete Linforth en Pixabay.



«Solo en la oscuridad puedes ver las estrellas».

Martin Luther King

HIJA DE LA NOCHE

 


  "Como un autillo sobre un abedul miro el horizonte.

Mi ruego se golpea contra las nubes rojas del otoño, se golpea...

Contemplo aquellos niños en el caminito viejo. Cantan canciones olvidadas. Ellos son flores que abren su perfume en la tarde; luego se alejan, con sus burbujas de luz, hacia la tibieza de un hogar que los acoge... Un gato los sigue mientras los cipreses oscurecen suavemente su verdor, ofrendándolos a la noche.

Allá, en aquella casa, parece que escucho, muy quedamente, una guitarra. Sus cuerdas desprenden notas que son heridas... Lágrimas negras de la noche siguiendo cauces impredecibles... como el de mi oído desvelado; como el de ese perro que aúlla dejando desgarrones en los castaños.

 La noche es negra, pero hoy su no color no puede describirse: es el color de la desaparición.

A veces, sólo quisiera olvidar. Ser efímero y olvidadizo como la niebla que tararea sobre los prados. Sí, como ella, rozar con mis dedos el agua verdosa que no espera nada...

No espera nada… ni a nadie.

 

Éste es el día en que supe de su desaparición. Siempre, cada año, con la caída de las últimas hojas, un día como este, una noche sin color, caigo yo también.

Hay tumbas donde yace el olvido de uno mismo, pero es mejor no mirarlas.”


                                                                *


Abelino escribía estas aciagas letras en un cuaderno lleno de tachones y manchas de tinta. Arrancó la hoja pensando en que el fuego sería su mejor lector:

 –¡La combustión! – gritó a las paredes,–¡oh, sí!, ¡la combustión es tan atrayente!

Sin aviso, como suele ocurrir, la vela se apagó, y sólo quedó la luz de unas ascuas perezosas en la chimenea.

La penumbra de la estancia era profunda, tanto como la fosa de su tristeza.  El crepitar de la leña creaba un eco extraño, grave, deformado por toda la estancia. Notaba los huesos ligeros, calientes, pidiendo moverse sin control, salirse de la piel, romper los límites del cuerpo.

No podía soportarlo.

En ese instante, una voz similar a la de su abuela muerta, resonó en su interior. Era aguda, insistente, apremiante, casi una orden:

 “Sal afuera. Sal. Corre, corre... Sal. Fuera. Sal. Ahora. Ya. ¡Sal!”

—Está bien. No insistas. ¡Ya voy!

 Al salir bruscamente, empujo el papel recién escrito. Libre,  planeó airoso hacia las ascuas hambrientas de la chimenea.

Entonces los huesos volvieron a su sitio y volvieron a amar su cohesión natural. Y respiró aliviado.

Afuera, la noche serena parecía sedarlo con cascabeles invisibles. Pero la voz de su abuela insistía de nuevo, más aterciopelada y suave esta vez.

–Ahora. Ahora…

Miró desde el porche. No había nada; sólo el tacto hosco, violento del frío.

Miró al cielo. El parpadeo de una estrella fugaz se hundió en la ceguedad de la tierra.

Silencio; algún autillo a lo lejos. Estrellas.

Avanzó. Su frágil respiración braceó indecisa sobre aquella negrura.

Poco después, contempló una confusa silueta, cojeando en la penumbra del camino.

Ante él, una mujer con largo pelo de sauce y ropas raídas, acababa de presentarse.

La realidad lo embistió sin avisar: era su hija, desaparecida hace 10 años. 

Tembló. Sintió de pronto un olor a humo antiguo. Sin poder dar un paso más sintió estrellas muertas revivir a fogonazos por sus ojos.

Dos cuerpos hechos de palabras no dichas se abrazaron en mitad de la noche.

Y cada pecho buscaba las raíces del otro. En silencio, bajo una tierra dulce, desconocida.

Y bajo aquellas ascuas últimas de la habitación, las palabras lloradas en el papel se iban trocando, lentamente, en ceniza, en humo, en noche.




                                                                       ***


Y con este relato  para el Vade Reto cuyo tema es la “Noche” comienzo una etapa de descanso bloguero para dedicarme de lleno a mi próximo libro de cuentos y cerrar así, junto con mi último libro de poemas, una etapa de mi vida.

Gracias por vuestra compañía entrañable y estímulo invaluable.

¡Un fuerte abrazo!