Imagen de Pete Linforth en Pixabay.
«Solo en la oscuridad
puedes ver las estrellas».
Martin Luther King
HIJA DE LA NOCHE
"Como un autillo sobre un abedul miro el
horizonte.
Mi ruego se golpea contra las nubes rojas del otoño, se golpea...
Contemplo
aquellos niños en el caminito viejo. Cantan canciones olvidadas. Ellos son
flores que abren su perfume en la tarde; luego se alejan, con sus burbujas de
luz, hacia la tibieza de un hogar que los acoge... Un gato los sigue mientras
los cipreses oscurecen suavemente su verdor, ofrendándolos a la noche.
Allá, en
aquella casa, parece que escucho, muy quedamente, una guitarra. Sus cuerdas
desprenden notas que son heridas... Lágrimas negras de la noche siguiendo cauces
impredecibles... como el de mi oído desvelado; como el de ese perro que aúlla
dejando desgarrones en los castaños.
La noche es negra, pero hoy su no color no
puede describirse: es el color de la desaparición.
A veces,
sólo quisiera olvidar. Ser efímero y olvidadizo como la niebla que tararea
sobre los prados. Sí, como ella, rozar con mis dedos el agua verdosa que no
espera nada...
No espera
nada… ni a nadie.
Éste es el
día en que supe de su desaparición. Siempre, cada año, con la caída de las
últimas hojas, un día como este, una noche sin color, caigo yo también.
Hay tumbas
donde yace el olvido de uno mismo, pero es mejor no mirarlas.”
*
Abelino
escribía estas aciagas letras en un cuaderno lleno de tachones y manchas de
tinta. Arrancó la hoja pensando en que el fuego sería su mejor lector:
–¡La combustión! – gritó a las paredes,–¡oh,
sí!, ¡la combustión es tan atrayente!
Sin aviso,
como suele ocurrir, la vela se apagó, y sólo quedó la luz de unas ascuas
perezosas en la chimenea.
La penumbra
de la estancia era profunda, tanto como la fosa de su tristeza. El crepitar de la leña creaba un eco extraño, grave,
deformado por toda la estancia. Notaba los huesos ligeros, calientes, pidiendo
moverse sin control, salirse de la piel, romper los límites del cuerpo.
No podía
soportarlo.
En ese
instante, una voz similar a la de su abuela muerta, resonó en su interior. Era
aguda, insistente, apremiante, casi una orden:
“Sal afuera. Sal. Corre, corre... Sal. Fuera.
Sal. Ahora. Ya. ¡Sal!”
—Está bien.
No insistas. ¡Ya voy!
Al salir bruscamente, empujo el papel recién
escrito. Libre, planeó airoso hacia las
ascuas hambrientas de la chimenea.
Entonces los
huesos volvieron a su sitio y volvieron a amar su cohesión natural. Y respiró
aliviado.
Afuera, la
noche serena parecía sedarlo con cascabeles invisibles. Pero la voz de su
abuela insistía de nuevo, más aterciopelada y suave esta vez.
–Ahora.
Ahora…
Miró desde
el porche. No había nada; sólo el tacto hosco, violento del frío.
Miró al
cielo. El parpadeo de una estrella fugaz se hundió en la ceguedad de la tierra.
Silencio;
algún autillo a lo lejos. Estrellas.
Avanzó. Su
frágil respiración braceó indecisa sobre aquella negrura.
Poco
después, contempló una confusa silueta, cojeando en la penumbra del camino.
Ante él, una
mujer con largo pelo de sauce y ropas raídas, acababa de presentarse.
La realidad lo embistió sin avisar: era su hija, desaparecida hace 10 años.
Tembló. Sintió de pronto un olor a humo antiguo. Sin poder dar un paso más sintió estrellas muertas revivir a fogonazos por
sus ojos.
Dos cuerpos
hechos de palabras no dichas se abrazaron en mitad de la noche.
Y cada pecho
buscaba las raíces del otro. En silencio, bajo una tierra dulce, desconocida.
Y bajo aquellas
ascuas últimas de la habitación, las palabras lloradas en el papel se iban
trocando, lentamente, en ceniza, en humo, en noche.
***
Y con este relato para el Vade Reto cuyo tema es la “Noche” comienzo una etapa de descanso bloguero para dedicarme de lleno a mi próximo libro de cuentos y cerrar así, junto con mi último libro de poemas, una etapa de mi vida.
Gracias por vuestra compañía entrañable y estímulo invaluable.
¡Un fuerte abrazo!

