3/11/23

Dibujando y escribiendo (Relato)

                     


  Dibujo de Myla: Six Impossible Things Before Breakfast (Teaching Under the Big Sky): Taking Metaphors Literally (bigskyimpossiblethings.blogspot.com)               

  

  El tren, a los ojos de Mauricio, no parecía tener ninguna prisa. Su ronroneo constante atravesaba paisajes verdosos y monótonos que parecían decirle cosas al niño, flojito, en susurros rítmicos y borrosos. Le parecían secretos que se escapaban, inalcanzables tras aquel cristal sucio del vagón que sólo conocía una dirección. En uno de esos instantes fugaces contempló una vieja mujer saliendo de una casa de campo, que, inesperadamente, le saludó dando saltos. Claro, a él no lo pudo ver… Mauricio era incapaz de imaginar que para esa mujer, viuda, el tren era la vida, el hierro dulce y macizo que durante años le estuvo trayendo a su hijo de tierras lejanas. Con la naricilla pegada al cristal expulsó el vaho de su sonrisa. Ya tenía un personaje más para pintar.

  Acababa de cumplir siete años. Se sentía divertido, a pesar de que le molestaba todo el cuerpo por la inmovilidad. Su mente estaba inquieta. En el transcurso de cuatro horas había imaginado en su cabeza diez historias. Y para la mujer que saludaba ya tenía una. Hizo un dibujo y escribió unos apuntes, que luego le enseñó a su hermana. A ella no le gustó nada.

 Ya comenzaba a entrarle sueño. Todo el vagón permanecía amodorrado y cansado por el vaivén monótono de las ruedas sobre los raíles tan similar al de sus propias vidas repetitivas, cuando inesperadamente, se escuchó un quejido ronco. Mauricio sintió un miedo triste. Aquella voz decía: ¡qué mal estoy, todos me han abandonado, qué mal, pero qué mal me encuentro….! Y dejaba un desgarro feo, de tela rota, en el sentimiento de los pasajeros.

 El niño miró a su madre, y luego a su hermana. Ambas estaban tan extrañadas como él. La voz procedía de uno de los asientos traseros del final del vagón. No podían verle la cara, pero era un hombre no demasiado mayor por su tono de voz. El viajero siguió lanzando quejidos, uno tras otro, hasta que el resto de los pasajeros comenzaron a inquietarse. “Caballero, ¿le pasa algo?, ¿podemos ayudarle?” El personaje, indiferente a cada solicitud, seguía profiriendo los mismos lamentos, incansable y maquinal como el ritmo del tren:

 “Qué mal, pero que mal me siento, que alguien me ayude…”

 Se pensó todo: que el hombre estaba borracho, drogado, loco… Nadie sabía qué hacer, cómo callarlo. Pensaron en llamar al revisor para poner alguna solución a aquella situación tan molesta. Además, el hombre se quejaba en un tono más alto cada vez, poniendo a prueba la paciencia de los demás pasajeros. Un sacerdote que había entre ellos decidió hablar con el hombre, templarlo, darle suaves consejos y encaminarlo hacia la paz del alma. Pero no sirvió. Era como el paisaje del exterior, indiferente y constante en su retahíla de verdes, sin percatarse del trenecillo que lo surcaba.

 Llegó el revisor y se habló de parar el tren si aquel hombre no cesaba en su conducta irracional. Llamarían a la policía del pueblo más cercano y lo detendrían por escándalo público.

  Mauricio contemplaba todo aquello como una visión de otro mundo. Había tantas cosas que eran imposibles de entender… “Mamá, ¿qué le pasa?”, “¿Por qué dice eso?” “¿Qué es estar loco?” El pequeño entonces sintió como tantas veces, la necesidad imperiosa de dibujar y escribir. Cada vez que no comprendía algo necesitaba hacerlo y crear así su propia respuesta.

 Dibujó un hombre con una estrella en la mano que sangraba por un pie. Detrás de él un árbol cuya copa era una nube azul, tenía una tirita pegada a una rama que terminaba en cinco dedos. A su derecha había un grupo de ovejas rodeadas por una cerca.

 Y bajo este dibujo puso sus propias palabras:

 "Érase una vez un pastor herido por un rayo. Pasó muchos días solo, con gran dolor, y nadie le escuchaba, hasta que se quedó ciego y sordo. Por eso no pudo escuchar a un árbol que le decía: “Ven, duerme bajo mi copa”. Ni tampoco ver una estrella que bajó del cielo y colocó en su mano toda su luz.  El durmió bajo el árbol con la estrella sobre la mano, y lo único que notó al despertar era que había descansado mucho y podía ver y oír de nuevo.

 Volvió con sus ovejas, y notó que era más feliz ahora que antes. Más feliz que nunca porque estaba curado."

 Estuvieron a punto de parar el tren. Pero, repentinamente, el hombre calló. Se dibujó una amplia sonrisa en su rostro y sus labios quedaron mudos como un estanque que refleja pausadas nubes.

 Todos quedaron sorprendidos y a la espera de que la calma volviera definitivamente. Callaron por si alguna de aquellas palabras roncas  y lastimosas rompía de nuevo la magia de aquel momento tan impoluto. Al escuchar otra vez el familiar compás de los raíles con toda su uniforme brillantez, suspiraron de alivio todos los pasajeros.

 El niño guardó su dibujo y su cuento; y esta vez no se lo enseñó a nadie, porque creyó de veras que era capaz de realizar milagros: lo había presenciado con sus propios ojos. Lo estrechó muy fuerte contra su pecho, que ahora latía tan deprisa como el acelerado paisaje que se deslizaba ante su atónita mirada, el cual escapaba embalado, borrando sus contornos, a mayor velocidad que el mismo tren.

  ©Volarela de "Un bosque de historias"