8/6/15

Marina (cuento)




MARINA


Cuando recogió sus cosas se dió cuenta de la lágrima de sal vertida sobre la mesa. Se había cristalizado y reflejaba los matices rosados del atardecer que moría a través de la ventana. Luego calleron muchas más, cada una un dimante salino buscando su lugar en el mundo.
Él le había dicho que nunca la reconocía, que siempre hallaba una versión distinta de su ser. A veces era brava y ardiente, y otras, como de frío metal dormido. Cuando se despidió de ella, contempló temeroso las nubes grises que se arremolinaban en su mirada azul. Había quebrado para siempre las olas inmensas que le buscaban desde esa marea hechizante que subía y bajaba en sus ojos. Ella era la misma ondulación del placer, el mismo arrebato de la fuerza creadora, el quieto sigilo de la verdad escondida... Pero no sabía cómo abarcarla.

Marina no alcanzaba a comprender por qué las personas siempre venían a mirarse en sus ojos. Ella no podía verse a sí misma. Cuando lo hacía en un espejo, se mareaba.
Aquel hombre que tanto amó, descubrió allí su destino y tomó todo su brío para cumplirlo. Pero luego la abandonó. Marina le había estado siguiendo el paso, huidizo y amargo, hasta convertirse en el vago reflejo estancado de lo que él era. No entendía cúal era la finalidad de su propio ser. Todas las personas querían conocerse por medio de ella; verse reflejadas en sus ojos. Y ella sólo les devolvía lo mejor de sus almas. Como un espejo que sólo fuera sensible a la luz más pura, su ser se transformaba en lo más elevado del que se miraba. Sus compañeras de trabajo descubrieron que eran, una de plata maciza en su exquisita sensibilidad, otra de oro puro en su bondad, y la otra de cuarzo violeta en su inteligencia. El panadero que le ofrecía su pan, vio reflejados en sus ojos dos espigas maravillosas y supo que él era un hacedor de abundancia. Más adelante, su negocio se expandió por todo el país. Los niños veían las cometas de su futuro y sus propios corazones transformados en soles bienhechores.
Esos ojos maravillosos no juzgaban: eran como el cielo extenso que se respira neutro y limpio. Tenían la poesía del silencio que contiene todas las palabras. Y sin embargo, no era feliz.
¿Quién era ella? Se sentía fuera de lugar, rígida, pesada, extraña bajo unas ropas que no eran las suyas, bajo un tiempo ralentizado y espeso que la atenazaba. Amaba a todos, pero su amor estaba confinado en su ser pequeño y débil.  Y le dolía ese amor por todos sus rincones, porque no podía contenerlo, ni tampoco expandirlo hacia fuera con la intensidad necesaria. Se sentía atada a un sólo instante, que luego derivaba en otro y en otro... No podía abrirse en la flor de todos los instantes que palpitaba en su frente.

Tras contemplar aquellas lágrimas sobre la mesa, cada vez de un rojo más ardiente, sintió el impulso irresistible de regalar todas sus pertenencias. Lo dio todo hasta quedarse desnuda.
Y caminó hacia la playa. Se tendió en la arena y dejó que el sol y el viento le hablaran. Cerró los ojos, y por primera vez en su vida supo quién era, y comprendió por qué sus lágrimas cristalizaban en sales maravillosas al caer. El mar se le acercó y abrazó a su hija, hasta inundarla. Suavemente, dejó que ese lento reconocimiento la embriagara con su maternidad pura y generosa. Sus cabellos crecieron como largas algas tornasoladas; su piel se hizo tan porosa como una esponja, y de sus labios brotó la canción oculta del coral. Sintió el baile de millones de peces atravesando su cuerpo, y el salto de los delfines surcando sonrisas en sus manos.

Imbuida de mar, comenzó a expulsar todo el amor que había estado conteniendo en su pequeño cuerpo humano. Y cada latido de su amor era una onda que terminaba en un beso de espuma sobre las playas del mundo. Y en esa espuma esparcida, todo el que se miraba podía encontrar el mágico sentido de su vida.