31/3/12

El hibisco rojo





Entre el petirrojo escondido en el zarzal y el mirlo sobre el eucalipto; entre la profunda dulzura del primero y la ondulada melancolía del segundo, me senté, siendo concha que se abre a contemplar.
Los laureles me enviaban su aroma de sombra y limón mientras una araña vino a descolgarse de uno de mis cabellos. Yo observaba, como hipnotizada, las flores rojas de un gran hibisco, empujadas suavemente por la brisa. Toda la silueta del arbusto se recortaba contra la plata morada de las montañas como una preciosa ofrenda.

Pero algo extraño había en él. Parecía decirme que un amor trágico venido de algún remoto lugar se había adherido a cada uno de sus pétalos. Éstos se movían, con lentitud de nube, al compás de un raro y triste ritmo.

La luz del atardecer iba cayendo sobre las rojísimas flores cuando empezaron a emitir lo que parecían agudos sonidos, similares a un piar de gorrión, pero desafinado y con un toque de desgarro. Poco a poco fueron subiendo de tono hasta que todo el paisaje se vio invadido por aquel pesaroso canto. Mas en el mismo instante en que un fuerte viento de tormenta comenzó a soplar con resonancia de trombones, las flores se callaron y comenzaron a cerrarse, como si intuyeran alguna secreta promesa.
Comenzó a llover, y la lluvia rodó y rodó, esparciendo el eco de su frescura; y borró todos los contornos, incluyendo al hibisco, que quedó sumergido en un delicioso torrente de serenidad.

Fue tan intensa la tormenta que lo dejó desnudo, rodeado de todas sus lágrimas rojas, esparcidas por el suelo.

Y aquel doloroso amor que fue a posarse en los pétalos del hibisco fue hundiéndose lentamente en la memoria ancestral de la húmeda tierra.




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