1/10/11

Ángel de ojos abisales

Ángel,  en el cementerio de Génova



Ángel de ojos abisales
posas tu piedad sobre mi espalda.

Ángel, mano de piedra luminosa,
sosteniendo mis dedos
de cera,
de confuso viento.

Guiaste mi vida,
caminé por tu flamígera espada sin saberlo.
El nudo de mis nervios rodaba y rodaba
por sinuosos laberintos. Pero tú
me seguías.
Mientras dormía el sueño de las polillas;
mientras lloraba arañando mi crisálida,
tú tan sólo esperabas,
con tus francas alas,
a que adivinara el firme silencio de tus labios,
a que me dejara levantar por tu aliento,
cual brisa de oro.

Tu presencia abre manantiales en la roca, lo sé.
En el universo no existe el vacío. Como en tus ojos,
hay un silencio embrionario y amante.

En mi lecho de muerte
colocarás tu piedad,
y besarás mis cenizas
cuando me vaya.
Y quizás,
un día níveo como latido de paloma,
muy cerca de tu pecho,
me cuentes
el secreto de tus ojos abisales.