18/03/09

De caza en caza



Iba a partirse el cielo rojo, reflejado en sus pupilas. El ciervo olfateó el aire varias veces: no cabía duda, el final se le acercaba con sigilo. Vinieron pisadas oscuras a su olfato, a erizar su piel, a imbuirlo de terror. Corrió, con todas sus fuerzas, hacia la esperanza de la vida, enhebrada frágilmente en el horizonte. Pero el cielo le decía que no, que un sino más fuerte iba a derrumbarle. La tarde se le rompía sobre los ojos: la muerte le atravesó el pecho cuando sus patas tropezaron y el cazador lo apresó entre sus balas implacables y aniquiladoras.

Sonriendo, el hombre se acerco a su triunfo y lo agarró por los maravillosos cuernos, que poco antes se mostraban pujantes y ahora yacían en la tierra, todavía cálidos del último beso de la vida. Los tocó, imaginando el bonito efecto que harían en el salón, cuando, de pronto, se quedó congelado. Sin entender nada, absolutamente fuera de sí, se sintió clavado al suelo por una fuerza inmensa. El pánico fue rodeándole como una boa hambrienta sobre su garganta. Todo su ser temblaba; una garra horrible amenazaba destrozar su desbocado corazón, porque exactamente eso sentía: una gran mano invisible atravesandole el pecho. No salieron gritos. Era imposible. No podía correr. Ahora era la impotencia pataleando en el vacío. Tan solo le quedaba esperar el fin, como el ciervo muerto a sus pies. Por un instante fugaz comprendió al animal, supo lo que era derramar la vida por el suelo; saberse indefenso y aplastado.
Sus ojos ascendieron al cielo, impulsivamente. En él vio un platillo volante, circular y gigantesco, sobre su misma cabeza, del cual salió un haz de luz, que literalmente lo absorbió. Su mente quiso huir, quiso morir, evadirse del nefasto rayo que lo aspiraba como polvo humano. Así, revolviéndose en un abrazo que lo bombardeaba con aguijones invisibles, sin posibilidad alguna de salvación, renunció finalmente a toda lucha y acabó desvaneciéndose por el dolor.

Cuando despertó, varias cabezas enormes y extrañas, parecidas a las de las hormigas, le observaban complacidas. Permanecían junto al él, palpando y acariciando sus cabellos, calibrando la frescura del botín. Como almohada tenía una caja de la que salían multitud de cables conectados a su cabeza. Un foco intenso le hacía cerrar los ojos y un olor insoportable le penetraba hiriendo sus entrañas. En ese instante, la nave se movió bruscamente. Los alienígenas empezaron a mugir como animales histéricos por el miedo. El aparato siguió moviéndose varias veces, arriba y abajo, con gran violencia, totalmente fuera de control. Parecía que una soberbia y ciega fuerza los zarandeara a su capricho.
Sabían que su final había llegado, imprevisiblemente, como a la vida le gusta jugar.

Era dulce y ligera la tarde; las mujeres charlaban mientras las flores iban recogiendo sus aromas. Un pájaro empezó a cantar cerca de la cuna del bebé. Soledad, su madre, vio, espantada, cómo el niño se llevaba un pequeño objeto circular y metálico a la boca; algo que había atrapado en el aire, poco antes, su manecita inconsciente. Cuando corrió hacia él ya era tarde. Irremisiblemente, se había tragado esa extraña cosa. Pero la criatura, pensó, no parecía estar mal por ello. Todo lo contrario: le sonrió al ver su cara grande asomarse como un sol a su cuna; y ella volvió hacia sus amigas, brincando y derritiendo toda la luz de la tarde.

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